Era 2012, primer año de carrera. Nuestro profesor de Historia nos había encargado un trabajo acerca de la Transición española. En uno de los numerosos trayectos en tren Madrid-Asturias que realicé ese primer año, estaba yo inmersa en un interesante artículo acerca del proceso, cuando unos ojos inquietos tras unas minúsculas gafas sin montura me susurraron: «Yo estaba allí cuanto todo lo de la matanza de Atocha». Era mi compañero de asiento, David Rivas, catedrático de Economía en la Universidad Autónoma de Madrid. Aquí podéis leer la entrevista que tuve la oportunidad de hacerle unos días después, la he rescatado de su blog, David M. Rivas.

“Franco era consciente de que su régimen moriría con él”

Aida Cima: ¿Cree que la visión general que tenía el país de la llegada de la democracia ha cambiado algo desde el momento de su instauración hasta nuestros días? ¿Ha habido algún cambio en la opinión pública en relación al proceso transitorio?

David M. Rivas: La democracia es el modelo político más aburrido de cuantos existen o existieron. Por eso España, Rusia o Alemania tienen historias mucho más “divertidas” para un lector que Inglaterra. Golpes de estado, guerras, dictaduras, genocidios, inquisiciones, revoluciones…, todo mucho más literario. Por eso es fácil desencantarse con la democracia. En nuestro caso, de todas formas, ha habido muchos cambios en esa percepción. La visión de la transición tiene muchos matices, no es fácil de despachar con un análisis superficial, aunque me parece que yo lo voy a hacer en este momento. Cuando salimos de la dictadura había entre la gente un sentimiento dominante, el miedo. Miedo era lo que Franco, la policía, el ejército y la iglesia habían implantado. Si no tenemos en cuenta esto no podremos entender nada. La España de entonces era una sociedad asustada, donde muy pocos se movían. Hoy vemos a muchos presumir de antifranquistas y de bizarros opositores. Casi todo es mentira o, cuando menos, excesivamente mitificado. La realidad es que hasta ya los setenta solo hubo resistencia en Asturias, Vizcaya y Barcelona. El movimiento estudiantil era muy escaso, digan lo que digan los mitómanos del 68. Si los antifranquistas hubieran sido tantos como lo que nos quieren contar, el general no habría muerto en su cama y con el bastón de mando en las manos.

El miedo es el elemento determinante. Había miedo al ejército, a una nueva sublevación, a una nueva guerra. Era un temor infundado porque una guerra era imposible. El ejército era un bloque compacto, no como en 1936, y tampoco había una masa de obreros y de campesinos con ideas revolucionarias ni, mucho menos, con armas. El gran triunfo del franquismo fue la consolidación de una clase media, la clase que amortigua las posibles tensiones socioeconómicas. Por eso fue la dictadura de más sencilla reforma y que originó una sociedad bastante estable. En esas circunstancias, con miedo y con cierta holgura económica, los ciudadanos aceptaron el proceso de la transición casi como una bendición. Hoy, en cambio, las cosas son distintas. El orden monárquico, apoyado en la partitocracia, en eso que se llama con buen criterio “PPSOE”, está quebrando.

La gente, nieta ya mucha de ella de los hombres y mujeres de la transición, ve las cosas de otro modo. Por ejemplo, la reivindicación de la república y de los miles de muertos tirados por las cunetas la están llevando los nietos y bisnietos de los combatientes, porque son las generaciones que han perdido el miedo. Tampoco es que sea un movimiento generalizado pero la crisis económica lo está alimentando desde las generaciones más jóvenes, que ven en la transición un episodio del pasado y no creen en leyes naturales que hagan que la jefatura del estado la herede un Felipe VI. A la vez, caen algunos mitos. Por ejemplo, la transición no fue un proceso en absoluto pacífico. Los muertos y los heridos se cuentan por cientos, desde un tetrapléjico en las fiestas del 2 de mayo de Malasaña hasta los jóvenes asesinados por la guardia civil en Almería, pasando por los atentados de ETA y del GRAPO, por las matanzas de Atocha y de Vitoria, el incendio de la Scala de Barcelona o el asesinato de anarquistas en la cárcel. Y muchos más.

Pero la transición nos ha dejado alguna herencia que aún tiene mucho peso, como una visión reverencial del consenso, mientras que la democracia se basa en el disenso, dialogando siempre y pactando cuando sea necesario, pero en el disenso. Se ha mitificado el período de la transición y, sobre todo, a sus actores. Con motivo de las recientes muertes de Carrillo y de Fraga se ha visto muy bien. Claro que la cosa tiene su lógica. En plena recesión y ante la corrupción y los privilegios de los políticos la gente ve en ellos más un problema que una solución. Y, entonces, los artífices de la transición salen muy bien parados. Pero, si analizamos correctamente, la cosa no tiene mucho sentido. Felipe González era el líder del partido que resultó segunda fuerza en las primeras elecciones, es decir, en la transición. De hecho, se considera que la victoria electoral del PSOE de 1982 cierra lo que es la misma transición. Sin embargo, a González no se le pone en el mismo altar que a Suárez o Carrillo. ¿Por qué? Porque gobernó en democracia, lo que es más aburrido y menos heroico que salir de una dictadura. Sin embargo, la mayor transformación y la modernización que España tuvo fueron con los gobiernos de González. Estas apreciaciones también llevan a que la ilusión por la democracia se devalúa, especialmente entre las generaciones nacidas ya en el régimen democrático. Pero es verdad que la democracia española es de baja calidad, con una discutible división de poderes, con un sistema electoral que permite el clientelismo y la concentración de poder. Es todo muy complejo, hay muchas variables que se cruzan.

A.C.: ¿Considera que estamos pagando actualmente las consecuencias de lo pactado durante la transición?

D.M.R.: Al hacerme la pregunta de ese modo, observo que es usted bastante crítica con la transición. Yo también lo soy. Pero hay que poner sobre la mesa muchas cuestiones. Tal vez las cosas no se podían haber hecho de otro modo, pero sí es cierto que el modelo está quebrado o, cuando menos, muy malherido. La inestabilidad económica está descubriendo las limitaciones de la segunda restauración borbónica. Mientras hay bonanza económica la gente pasa de puntillas sobre estas cuestiones, no las ve o mira para otro lado. No hay que olvidar que la propia transición fue fruto, entre otras circunstancias, de la gran crisis anterior, la de los setenta. Por ejemplo, nuestro modelo sindical es una herencia de aquella coyuntura, concretamente de los Pactos de la Moncloa. Puedo contarle un detalle que refleja muy bien la situación. Los pactos fueron firmados por Carrillo en nombre del PCE, como es lógico, pero el equipo técnico que hacía los estudios lo componían los economistas del partido bajo la dirección de Ramón Tamames. En ese equipo estaba mi entonces profesor de microeconomía, Julio Segura, un profesor extraordinario cuyo último cargo importante fue el de presidente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores. Ante las críticas durísimas de un alumnado bastante radicalizado hacia un PCE que, considerábamos, estaba vendiendo a la clase obrera, Segura dijo esto: “o la clase obrera se deja cortar el meñique de la mano izquierda o le cortarán la mano derecha entera”.

Era un excelente resumen del espíritu de la transición. Siempre se ha hablado del pacto político de la transición, que para mí es, básicamente, un pacto a tres bandas: la corona, el ejército y los comunistas. Pero es menos conocido, aunque sí está estudiado, el pacto económico. De hecho, la constitución de 1978 es la constitución con el capítulo de relaciones económicas más extenso de todo el universo democrático. No sé si la expresión “estar pagando” es la más adecuada pero, desde luego, sí que estamos padeciendo por la “letra pequeña” del pacto de la transición. Dieron amnistía pero obligaron a la amnesia. Además ese pacto nos ha llevado a algo tan generalizado como es la corrupción, en la que se encuentran inmersos desde la familia real hasta concejalías de ayuntamientos pequeños. Esa sí que es una herencia directa del franquismo, un régimen corrompido hasta el tuétano, una herencia muy bien administrada por el PSOE, el PP, CIU e incluso por una Izquierda Unida, hija más o menos díscola del PCE.

A.C.: ¿Cómo interpreta usted la constitución de 1978? ¿Cree que podría considerarse como una forma de mantener la continuidad del aparato franquista en descomposición?

D.M.R.: Sí y no. Es complicado. En primer lugar, las elecciones de 1977 no eran constituyentes. Las Cortes resultantes se arrogaron esa función. Eso, en puridad, es un golpe de estado. Pero, en fin, era el primer golpe de estado incruento en mucho tiempo, desde el pronunciamiento de Riego en 1820. A mí me parece que cuando Franco dijo aquello de que todo estaba “atado y bien atado” sabía muy bien lo que estaba diciendo. Hay una tendencia a pensar que Franco era poco menos que idiota y eso no es cierto. Puede que no fuera muy culto ni tuviera una gran inteligencia, pero era un hombre muy listo, muy astuto. Por eso se mantuvo casi cuarenta años en el poder, gobernando un bloque nada homogéneo salvo en dos cosas: su enriquecimiento a través del dominio de los aparatos del estado y su veneración por el caudillo. A él le bastaba con palo y zanahoria y la inquebrantable lealtad del ejército.

Creo que Franco era consciente de que su régimen moriría con él y que el futuro era una democracia más o menos liberal. Con atar bien atado se refería a que esa democracia debía partir de la modificación del régimen y no de su eliminación, es decir, que naciera “ex novo”, no como heredera de la república azañista ni de la monarquía juanista. En eso la nueva monarquía era heredera del 18 de julio y por eso el rey es Juan Carlos I. Podía haber sido Juan III, o Juan IV si le daba número a su padre. El rey renunció a su legitimidad histórica, la que le venía de la casa de Trastamara. También podía haber sido Juan I, lo que hubiera hecho muy felices a los más franquistas. Y en esa atadura, la izquierda moderada aceptaba el pacto. Esa izquierda sería legalizada y, a cambio, no removería las tumbas republicanas, perdería la memoria, no reclamaría limpieza en la policía, no pediría el procesamiento de criminales de guerra y de paz, no revisaría las cuentas de quienes se habían enriquecido incluso con el uso de esclavos republicanos, etcétera. Lo que sí es posible es que en la mente de Franco y de sus fieles la frontera estuviera en el PSOE. Tampoco, por otra parte, sería una situación tan extraña. En la República Federal de Alemania, por ejemplo, los partidos comunistas eran ilegales. Suárez, entre la espada y la pared, entre la valentía y la seguridad de estar ante algo inevitable, legalizó al PCE. Fue seguramente el momento más peliagudo de la transición pero también cuando se vio que, en contra de lo que se creía, el ejército hacía agua por todas partes. Todos los jefes militares eran franquistas, alguno estrictamente fascista, pero sin la figura de su caudillo eran incapaces de coordinarse y de moverse. De hecho, el ejército sólo se movió para impedir mayores cuotas de autogobierno a las nacionalidades cuando se discutió el título VIII de la constitución.

Y hay una cosa que no se debe obviar. En las primeras elecciones muchos partidos seguían siendo ilegales. Todos los partidos comunistas a la izquierda del PCE eran ilegales. También lo eran todos los que llevaban la “erre”. No fue legalizada Izquierda Republicana, el viejo partido de Azaña, ni Esquerra Republicana de Catalunya, ni siquiera la Alianza Republicana Democrática Española, que era de centroderecha. Tampoco fue legalizado el Partido Carlista de Carlos Hugo I, o Carlos VIII o IX, que buena la tenían también los carlistas. Esto era lo “atado”: que el PSOE recogiera la memoria republicana y que los carlistas reaccionarios votaran a Alianza Popular y los progresistas al PSOE, o bien al PNV en Vasconia y Navarra, un PNV que también renunció a la herencia del presidente Aguirre y del estatuto republicano. Ese era el pacto constitucional: la corona de Juan Carlos de Borbón y el olvido de la represión y el crimen del franquismo.

A.C.: En relación a la ley electoral, ¿cree que es justa o considera que se beneficia a unos partidos en detrimento de otros?

D.M.R.: Es una ley hecha a beneficio del PSOE y de la derecha, sea UCD o PP. Al PCE le gustó mucho cuando creía que la izquierda eran sólo sus votantes. Hoy Izquierda Unida, su hija, protesta. En fin, ¿qué le vamos a hacer? Cuando se renuncia a lo fundamental es difícil reivindicarlo, oportunistamente, después. No es solamente un problema de la norma D’Hont. Le pongo un ejemplo. Aragón y Asturias tienen la misma población. Pero Aragón, sólo por tener tres provincias, elige nueve senadores, mientras que Asturias elige tres. Soria elige tantos senadores como Madrid. Aquí también jugó la estrategia del “atado y bien atado”. Era necesario un modelo electoral que concentrara mayorías, deudoras todas ellas del régimen franquista, un modelo en el que penetrar fuera muy difícil. Pero el caso es que siempre que en España se dio un proceso constituyente pasaron cosas similares. Cuando se hizo la constitución de la segunda república sentaron las bases, esta vez con criterios opuestos, para la crisis política permanente. Así, se le regatearon al presidente los poderes que tenían el presidente de Francia, el de Estados Unidos o los de las repúblicas latinoamericanas. Además se hizo norma la renuncia a la guerra como instrumento de política internacional. Todo muy hermoso pero, cuando se alza medio ejército y el parlamento se reduce a nada, el presidente se encuentra atado de pies y manos. Y cuando Alemania e Italia invaden España para apoyar a Franco tampoco el gobierno puede declararles la guerra, porque es cuestión anticonstitucional. Sé que he salido del guión de la entrevista pero creo que es asunto muy ilustrativo.

A.C.: ¿Considera decisivo el papel jugado por el movimiento obrero durante la transición? ¿Cree que si no se hubieran producido las revueltas reivindicativas de trabajadores el resultado habría sido distinto?

D.M.R.: La clase obrera fue decisiva. Su lucha desde los sesenta hizo posible lo mejor de los cambios. Los obreros asturianos empezaron a poner contra las cuerdas al franquismo ya en los cincuenta. Luego, en los sesenta, se les unieron los obreros vascos y catalanes, y ya en los setenta entraron en liza los de Madrid. Sin la lucha obrera todo hubiera sido distinto. Tal vez hubiéramos llegado a esta democracia de igual modo pero habría sido más limitada todavía. Los exégetas de la transición no hablan casi nunca del movimiento obrero. Se quedan en Suárez, en Fernández-Miranda o en Carrillo y, sobre todo, en el rey. Pero lo que los trabajadores organizados hicieron no puede ser soslayado. Ellos, los obreros, pusieron carne y sangre para lograr, creo yo, mucho menos de lo que deseaban y esperaban. Y le quiero añadir, como estudiante que es de periodismo, que también sus compañeros de profesión tuvieron una importancia muy grande. La prensa de esa época fue un actor fundamental. No fueron pocos los periodistas que sufrieron agresiones físicas o procesos ante los tribunales, conforme a la legislación franquista.

Es importante recordar la historia. La guerra civil fue una guerra con muchos perfiles. Fue la guerra del centralismo contra el federalismo, del casticismo contra el europeísmo, del catolicismo contra la laicidad y más cosas. Pero también fue una guerra de clases. Yo no creo en el simplismo de las dos clases, quizás por mis estudios, pero seguramente más bien por pertenecer a un pueblo de campesinos que son pequeños propietarios. Para entendernos: ni burgueses, ni proletarios, ni grandes capitalistas, sino aldeanos más o menos acomodados o más o menos pobres. Usted, siendo del país, lo entenderá perfectamente. Pero sí es verdad que la clase obrera pagó con sangre esa guerra, como también los campesinos del sur, los que no eran propietarios. La vesania de la clase alta fue tremenda, amparada en las pistolas de los falangistas y en las bendiciones de la iglesia. Pero también murió en esa guerra lo poco que quedaba de la ideología liberal y de una burguesía culta, emprendedora y laica. Eso determinó lo que vino después: el nacionalcatolicismo, torpe, iletrado, estúpido. Si tuviera que simplificar un tanto, considero a la iglesia como responsable principal de la tragedia, como el “autor intelectual” que se dice ahora, y que nos adoctrinó durante un montón de años en el odio al conocimiento y a la libertad. Aquello no era el paganismo nazi ni el clasicismo de Mussolini. Aquello era el integrismo cristiano embutido en una estética casposa a la que, después de unos pocos años de cierto respiro, nos ha devuelto el actual gobierno, con sus mantillas y sus procesiones. España, a la que yo suelo llamar Carpetovetonia, es una astracanada hasta en la degradación y la crueldad.

A.C.: Matanza de Atocha. ¿Qué ambiente se respiraba en los días previos a la matanza, tras haberse aprobado el referéndum? ¿Y posteriormente? Usted tuvo que convivir con el temor durante esos días previos y posteriores a la matanza. Cuénteme su experiencia.

D.M.R.: El recuerdo es una sima oscura. Tengo imágenes nítidas pero, a la vez, el paso del tiempo, las lecturas, las nuevas informaciones e investigaciones, todo eso, complica mucho las cosas. Yo tenía entonces diecinueve años recién cumplidos. Soy del 4 de diciembre, santa Bárbara, curiosamente como Franco. Participé en casi todo aunque, como podrá suponer, mi papel fue insignificante. Voy a tratar de despegar de mi memoria lo que racionalicé después y darle lo más limpias que pueda mis sensaciones de entonces, aunque será muy difícil. El ambiente era tremendo, agobiante. El miedo a la intervención militar era constante. Aún recuerdo los nombres de casi todos los capitanes generales, lo que indica mucho. ¿Alguien sabe hoy cómo se llama el jefe del aire o de la marina? Entonces los conocíamos a todos: González del Yerro, Campano, Merry Gordon, Milans del Bosch, Quintana… ETA presionaba mucho, las huelgas se multiplicaban, la universidad estaba muy alterada. El caso es que el GRAPO, una organización que ya entonces me parecía muy sospechosa, tenía secuestrados a Oriol, presidente del Consejo de Estado, y al general Villaescusa, que tenía un alto cargo que ahora no recuerdo. Por cierto, que un amigo de colegio desde cuando éramos niños y que estudiaba conmigo en Madrid, de familia banquera, me aseguraba que los secuestrados estaban en la embajada de Libia. La familia de Quique, que así se llamaba (murió en un accidente de tráfico), era de la Comunión Tradicionalista, de los de Sixto de Borbón, la rama fascista de la dinastía carlista. Sus pistoleros asesinaron a un par de carlistas del otro signo, los partidarios de su hermano Carlos Hugo, el legítimo rey según sus propias normas, en Montejurra ese mismo año. A ese partido ultraderechista pertenecía también Oriol. Me contaba Quique que todo provenía de unos acuerdos entre Libia y España de cuando el gobierno de Arias Navarro, en plena crisis petrolífera. Evidentemente, no sé qué hay de verdad en ello pero, como poco, el episodio de la liberación de Villaescusa y de Oriol por parte de la policía no se lo creyó nadie salvo los que pudieran pensar que James Bond o Rambo son personajes reales. El caso es que, con Libia o sin ella, pocos creían que aquello no era una jugada del gobierno de Suárez o tal vez de los franquistas, el “bunker” como se decía entonces, saltando por encima de Suárez.

Y llegó aquella manifestación por la amnistía. Era domingo. Los estudiantes de la Complutense, apoyados por trabajadores, hombres hechos y derechos de Standard y Marconi, casi todos de Comisiones Obreras, ocupamos la calle de la Princesa. Hubo alguna carrera entre Alberto Aguilera y la plaza de España pero llegamos sin muchos problemas a la confluencia de San Bernardo con la Gran Vía. Y ahí estalló el asunto. La policía cargó brutalmente. Escapamos por las calles estrechas de la zona, entre San Bernardo y Malasaña. Yo corrí, calle arriba, por la de la Estrella. Y oí dos disparos. Entonces todo parecían tiros y, también, había mucha épica de pacotilla. Pasabas un miedo terrible con sólo dos caballos al trote pero luego contabas lo vivido como si hubieras estado en la batalla del Ebro. Pero yo disparé muchas veces en el monte. Soy de aldea. Aquello eran tiros de verdad, no pelotas ni botes. El resto ya lo sabemos. Mataron a un chaval, Arturo Ruiz. Fueron fascistas, que le echaban una mano a la policía siempre, en todas las manifestaciones.

Esa tarde el gobierno bloqueó las facultades y los universitarios, estudiantes y profesores, nos reunimos de noche en la capilla del colegio mayor en el que yo residía, el Chaminade. Había decenas de asambleas por todo Madrid y nos manteníamos en contacto a través de motoristas porque no nos fiábamos de los teléfonos. Fue la noche de las vespino. Los marianistas, propietarios del Chaminade, apelaron al concordato. Aquello era la edad media viniendo en auxilio del antifascismo. La policía no pudo detenernos porque nos estábamos acogiendo a recinto sagrado. Recuerdo a un cura, apellidado Teruel, con la fotocopia de un documento de no sé cuando, muy antiguo, amenazando a los policías con la excomunión. Aquello era un claro reflejo del tipo de sociedad que teníamos. Se decidió convocar una manifestación en la Gran Vía, lo más cerca posible de donde el chaval había sido asesinado. Era por la mañana y mataron a Mariluz Nájera con un bote de humo disparado a bocajarro. Esa tarde la policía ametralló los colegios universitarios. Recogimos docenas de balas de subfusil.

¿Miedo?, ¿miedo?, ¿preguntaba por el miedo?… Estábamos acojonados, permítame la expresión… Y estábamos acojonados hasta los más jóvenes, que no teníamos responsabilidades en ninguna parte, con lo que, por parte de la policía, salvo accidente, sólo nos arriesgábamos a unos golpes. Ellos también estaban aterrados. Su paranoia era tremenda y creían que ETA estaba participando en nuestras asambleas y que teníamos armas. De hecho, detuvieron por prevención a muchos estudiantes vascos. Sabíamos de su ánimo porque oíamos su emisora. Entonces bastaba con manipular la parte derecha del dial de cualquier radio para captar las conversaciones de la policía. Recuerdo que la central era H-20. Pero es que no sólo estaba la policía. Había un peligro aún mayor. Los falangistas y los de Fuerza Nueva campaban a sus anchas por Madrid. Llevábamos meses viendo como volvíamos uno o dos menos de cada manifestación. Y, para acabar la fiesta, a última tarde unos pistoleros fascistas arman lo de Atocha. Se temió una noche de paseos y patrullas, como las noches de la posguerra. Mucha gente durmió fuera de sus casas.

Después vino el entierro de los abogados. También estuve allí. Fue una manifestación inmensa, en silencio, de horas y que, además, era ilegal. El Partido Comunista de España demostró un saber hacer y una disciplina impresionantes. Sobre aquellos féretros se estaban reivindicando. Demostraban que sin ellos nada podría funcionar. El dolor era inmenso. El miedo también era grande. Pedrol, jefe de la abogacía, caminaba con la toga puesta delante de los cadáveres, después de imponerles una medalla. El ministro del interior, que no sé si entonces aún era gobernación, Martín Villa, dijo que no podía garantizar la seguridad, lo que era una amenaza evidente, a lo que Pedrol contestó que la toga no era mala mortaja. Entonces no fui consciente de ello, pero hoy creo que fue el punto de inflexión de lo que luego llamaron “transición”. Un compañero canario que estudiaba ingeniería aeronáutica y que iba en mi grupo me dijo que uno de los helicópteros que sobrevolaban la marcha era de un financiero íntimo del rey. No sé si era cierto, pero sabía mucho de esas cosas y, además, su padre era un alto mando del ejército del aire. Fuera como fuera, los franquistas más cuerdos y el rey vieron que el cambio era inevitable. Mientras tanto, el resto del mundo criticaba un día sí y otro también al régimen, como se apreciaba cuando escuchabas radios extranjeras.

A.C.: ¿Considera las muertes de Arturo Ruiz y María Luz Nájera como algo accidental o pudo haber una motivación política detrás? ¿Conocía a algunas de las víctimas de la matanza?

D.M.R.: Fue un accidente que fueran concretamente Mariluz y Arturo. Podíamos haber sido yo, la mujer que corría a mi lado o el tendero de la esquina que miraba desde la puerta. Tal vez en el caso de Arturo le apuntaron por llevar melena y tener pinta de obrero, pero podía haber sido otro cualquiera que se le pareciese. Quizás le parezca extraño pero lo cierto es que los que teníamos una pinta más “pijina” salíamos mejor parados de estas situaciones. En lo de Mariluz seguramente no había órdenes expresas. A Suárez y a su gobierno no le interesaba tener muertos sobre la mesa. En aquellos equilibrios tan raros los muertos solo beneficiaban a la extrema derecha y a un PCE que era la fuerza más organizada de la izquierda, a unos para sacar de quicio a los militares y a otros para poder negociar. Tampoco al PSOE, un partido tolerado aunque no fuera legal y, por otra parte casi inexistente, le interesaba aquella tensión porque radicalizaba a la izquierda y, en general, a la ciudadanía. Lo de Mariluz me parece explicable de una forma muy simple. Hay que tener en cuenta que la policía de entonces era brutal pero poco preparada. Cualquier antidisturbios de hoy sacaría de la calle sólo a patadas a diez “grises” de entonces en un minuto. Pero, por eso precisamente, eran policías muy peligrosos. Como eran unos inútiles, sacaban las armas de fuego o tiraban pelotas a medio metro en cuanto las cosas se ponían difíciles. Podían hacerlo porque tenían impunidad. Pero los fascistas andaban a otra cosa. Pretendían que todo descarrilara, que se detuviera el proceso de cambio que se adivinaba. Se veían traicionados incluso por los políticos más reaccionarios. Para ellos los simples y pacatos anuncios de Arias Navarro de hacía un año ya eran signos de traición. Sólo contaban con unos cuantos vejetes, algunos falangistas del sindicato vertical, unos cuantos niñatos educados en colegios de curas y, sobre todo, con ciertos directivos de los aparatos represivos que temían, como se suele decir, “una vuelta de la tortilla”. También tenían detrás a unas cuantas familias de esas que se habían hecho “ricas por la patria”. En estos grupos sí que había una intención política cuando tiraban a matar. Trataban de impedir cualquier cambio y, en esa estrategia, tener muertos en las calles era recordar al ejército los días previos al pronunciamiento del 17 de julio de 1936. Su esperanza, como siempre, estaba en el ejército.

Y, por lo que respecta a si conocía a las víctimas, no, no conocía a ninguna. Arturo Ruiz se movía en ámbitos muy diferentes a los míos, en la periferia de la ciudad, y Mariluz Nájera estudiaba en otra facultad y muy lejos de la mía. De los abogados me sonaba algún nombre, pero nada más. Yo tenía 19 años, acababa de llegar de Asturias y no era del Partido Comunista ni de Comisiones Obreras. ¿Cómo los iba a conocer?

Sí conocía al, posiblemente, último muerto de la transición, Emilio Martínez, un estudiante natural del concejo de Cangas del Narcea, asesinado por la policía en la glorieta de Embajadores en diciembre de 1979, en una manifestación contra la reforma universitaria. Su hermana, Maricarme, era una gran amiga mía y compañera de Conceyu d’Asturies, la asociación cultural, mayoritariamente nacionalista, de los asturianos en Madrid. Con motivo de aquellos últimos movimientos fui detenido en mi casa –hacía dos años que dejara el Chaminade- y llevado por única vez en mi vida a la Dirección General de Seguridad. Era el día 17. Estaba en quinto curso de Economía, acababa de cumplir 22 años y entonces sí estaba ya metido en follones más o menos legales, aunque en nada que justificara lo que hicieron: aplicarme la ley antiterrorista. Fui secuestrado durante tres días y me soltaron sin pasar por el juzgado. Un policía me dijo que allí no había ni “habeas corpus” ni “corpus christi”. Eso sí, no fui maltratado, aunque lo que viví allí dentro fue dantesco. Vi cómo destrozaban un jeep que luego presentaron al juez para justificar los asesinatos de Embajadores. La policía de la UCD era la misma de siempre, la de Franco, seguramente la misma de hoy. En una ocasión, yendo al retrete o a la sala de interrogatorios, de eso no me acuerdo, me crucé con un amigo del Ateneo y no lo reconocí. Es posible que su madre tampoco lo hubiera reconocido. Es fácil imaginar lo que vi. Y ya estábamos, teóricamente, al final de la santa transición.

A.C.: ¿Y a partir de ahora? Su perspectiva personal, no su análisis político…

D.M.R.: Creo que entramos en otro capítulo, en otra transición. El régimen actual se descompone y lo hará más rápidamente si la recesión económica se alarga, que creo que se alargará. Además la constitución no resolvió el problema de las nacionalidades. Lo de Cataluña no tiene encaje posible y eso sólo es el principio. Por unas y otras razones la desafección de los jóvenes y de muchos que no lo son tanto es grande y creciente y, en ese contexto, todo se pondrá en duda y, sucederá lo que siempre trataron de evitar: se cuestionará, no sólo la transición, sino el propio franquismo del que fue heredera. El pacto de la transición tiene fecha de caducidad y esa fecha está cercana. Y es que la guerra no terminó en 1939, sino que el franquismo perpetuó la división entre “rojos” y “nacionales” hasta el final. La prueba es que España presenta la mayor nómina de desaparecidos del mundo, exceptuando la Camboya de Pol Pot, lo mismo que de fosas comunes anónimas y ejecuciones extrajudiciales. Y nadie respondió todavía por ello. Y si nadie respondió tras la dictadura, deberán hacerlo los encubridores “a posteriori”.

Le voy a hablar, ya que me lo pide, en primera persona. Usted es muy joven, aunque me parece que sabe de estas cosas. Ser de La Felguera seguro que ayuda un poco. La tradición anarquista es como nuestro “orbayu”, que va calando sin que nos demos cuenta. Franco ganó la guerra y yo, que nací veinte años después, aunque siempre viví bien porque, pese a las incautaciones, conservamos bastante y fuimos recuperando, vine al mundo como un vencido. Me eduqué en colegios de élite desde niño y estudié en universidades lejanas de mi casa porque podíamos pagarlo. Pero nunca me vinculé a las organizaciones infantiles y juveniles del régimen. En casa me dijeron, teniendo yo seis o siete años, que ni me acercara siquiera a los “camisas azules” por más que me prometieran campos de fútbol y acampadas en los Picos de Europa. Por eso, para ellos siempre fui el nieto de un militar republicano y masón fusilado y de un anarquista que se libró de milagro, gracias a un amigo falangista, cosa esta que me restregaban. Dejaban de lado, los muy hipócritas, que también pertenecía a la aristocracia rural asturiana porque su retórica era muy obrerista, como de barrio madrileño o de pueblo andaluz. Por eso la transición aún continúa. Siempre se transita. Tal vez mis dos hijas o mis sobrinos, o incluso mis nietos, derroten definitivamente a Franco y a Pío XII, a sus actuales herederos, y a sus compañeros de viaje, los socialistas y comunistas del gran pacto. Mis abuelos se revolverían satisfechos en sus sepulcros.

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