Hace tiempo, escribí este recuerdo. Me lo trajo una tormenta.

«Últimamente el tren se ha convertido en mi segunda casa y mi equipaje, en una nueva extensión de mi cuerpo. Vivo en Madrid desde hace un año pero necesito tanto los verdes, las playas y los valles de mi tierra, que el anhelo me hace vivir sobre raíles dos fines de semana al mes.

Acabo de llegar de Asturias, son las nueve de la noche y el sol de la primavera apura sus últimos rayos mientras la luna empieza a ganarle terreno en el cielo. Arrastrando la maleta que las cinco horas de viaje hacen aun más pesada, salgo de la estación. Mientras me concentro en esquivar los charcos que la tormenta se ha olvidado en el suelo, una bocanada de aire me trae un olor húmedo y cálido. No puedo evitar cerrar los ojos e inspirar bien profundo. Me resulta familiar. Primero trato de situarlo en el norte, pero no es su lugar. El aroma penetrante de la tierra empapada de lluvia insiste en encontrar su hueco en mi memoria. Vuelvo a cerrar los ojos y desando  los pasos que mi maleta ha dado desde que se convirtió en mi compañera de viaje. Me detengo en Castilla y me encuentro con el verano. Una niña observa tras la ventana, resguardada del chaparrón, cómo sus abuelos recogen a toda prisa las sillas y la mesa del patio. Cuando amaina la tormenta, sale y hace dibujos con una rama en la tierra mojada. Es la misma niña que, a la mañana siguiente, corta unos ramilletes de romero, otros de lavanda, dos margaritas y una rosa y le hace un ramo a su abuela. Ella lo coloca en un jarroncito con un poco de agua. Es la misma niña que riega con su abuelo el huerto y juega con su padre en la piscina. Es la misma niña a la que su madre unta la cara de crema, no vaya a ser que se queme con el sol de Castilla. Es ella, la que arrastra el equipaje de sus recuerdos, en el estío de su memoria, por las calles de Madrid».

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