Aborrezco el momento de volver a casa sabiendo que al doblar la esquina me encontraré con el mendigo que espera la caridad de los transeúntes que le esquivan con desprecio, tienen demasiada prisa porque llegan tarde a ninguna parte; que pasaré por delante de la tienda de ultramarinos exactamente a las 20:45 cuando Matilde está echando el cerrojo a la puerta; que cruzaré la calle y el pastor alemán de la casa de los balcones me ladrará, a pesar de verme todos los días en su territorio a las 20:50; y que acabaré introduciendo la llave en la cerradura de mi casa a las 20:52. La monótona rutina me está consumiendo. Por eso hoy no doblo la esquina ni paso por delante de la tienda de Matilde, me detengo en el parque.

Rodeo el estanque y le dedico una sonrisa forzada a mi vecino del quinto. Un pinchazo en la sien me obliga a sentarme. Hoy ha sido un día agotador. Cierro los ojos. Aún es de día porque la primavera ha hecho perezoso al sol que se recrea en el horizonte. Cuando los abro, hago un recorrido con la vista y detengo mi mirada en el árbol más majestuoso del parque. Recuerdo cuando mi abuelo me decía que tenía tantos años como él y yo juntos. Ahora, ya habrá superado los cien. Hay un hombre apoyado en su tronco. Está sentado en el césped con las piernas flexionadas y los brazos sobre las rodillas, cogiéndose las manos. Lleva una camisa blanca, con las mangas cuidadosamente dobladas hasta el codo y unos vaqueros desgastados, deshilachados por los bajos. Quizás sean sus favoritos. Mira hacia el suelo. Parece aguantar el chaparrón de palabras que la mujer que tiene delante dirige. Ella está de pie. Un moño estratégicamente desaliñado recoge sus cabellos cobrizos dejando escapar algunos mechones indomables que la brisa zarandea. Un ceño fruncido adorna la expresión de su rostro que alberga rabia y decepción. Sus ojos oscuros y vivos buscan confusos la explicación a todo. Parece que no le queda nada por decir. Apoya su mano en la cadera y mira hacia otro lado. Su vestido vaporoso de tonos pastel se incomoda ante la presencia del viento. Entonces, la tormenta amaina. Él pasa su mano por la nuca mientras busca la respuesta adecuada. Levanta la mirada. Sus ojos marrones contrastan con unos cabellos que el sol torna dorados. La mira y sonríe. La quiere.

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