Estimado amigo:

En primer lugar, te agradezco la confianza que has depositado en mí al otorgarme la difícil tarea de ser tu consejero en este arte que es la escritura. A mí, el poeta al que las musas han abandonado, el que no encuentra las palabras adecuadas para expresar el sentimiento exacto en un verso preciso que haga comprender al mundo por qué río o por qué lloro.

Tu carta me ha hecho reflexionar, detener toda esta cadena de pensamientos que últimamente rondan por mi cabeza, tratando de encontrar una explicación al sentimiento de fracaso que me reconcome las entrañas después de estos 30 años con la pluma entre mis dedos, y enfrentarme a una pregunta que nunca antes me había planteado. ¿Qué es para mí la escritura?

Temo la hoja en blanco que me mira desafiante mientras revuelvo en el cajón de sastre en el que se alojan mis recuerdos. De pronto, veo a un niño al que nunca se le dio demasiado bien ponerle voz a sus pensamientos y encontró en el papel un lienzo sobre el que pintarlos. Supongo que esa es mi definición de escritura: el lienzo del pintor, el instrumento del músico, la receta del cocinero, el sentimiento de un hombre que encuentra su liberación al escribir unas cuantas letras. Pero esta es la mía, tú debes buscar la tuya.

 También hay quien sólo trata de hacer negocio de un trabajo que no se mide con dinero. Te aseguro que ver mis escritos ocupando las primeras filas en estantes repletos de libros y rellenando listas de recomendados, no ha saciado mi sed. Supongo que me cegó el ego de oír mi nombre en boca de…nadie, al fin y al cabo. No sé si he logrado hacerme oír como quería que me oyeran. Este es el sentimiento que me invade cuando miro mis pasos en el camino.

Mi consejo es que no olvides nunca el motivo que te impulsa a coger papel y pluma, será el único que te saque a flote cuando te sientas hundido.

No hay mejor musa que la voz de una ilusión. Ese es mi consejo.

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