«Un frenazo en la calle le despertó. Se había quedado dormido en la mecedora después de comer. No sabía cuánto había permanecido inmerso en aquel sueño de una tarde de otoño, cálida y naranja. Hacía mucho que a Emilio había dejado de importarle el tiempo. En casa no había relojes y sus muñecas siempre estaban desnudas. Las horas únicamente eran marcadas por las campanadas de la iglesia situada a escasos metros, en la misma calle.

Recompuesto del sobresalto, Emilio se incorporó con dificultad y caminó lentamente hacia la cocina. No tenía prisa. Mientras esperaba a que se hiciera el café, se sentó en una silla, frente a la ventana, y observó el asfalto cubierto por una alfombra de hojas secas. El exterior se fue desenfocando poco a poco hasta que un primer plano de su rostro se reflejó en el cristal. ¿En qué momento sus ojos grises habían empezado a perder aquel brillo que tenían? ¿Cuándo se hicieron las arrugas que surcaban su cara tan profundas?». Continúa en Amanece Metrópolis.

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