Mai mordisqueaba distraídamente la galleta que le habían puesto con el café, con la mirada fija en la nada. Los dos se habían quedado en silencio y Lucas la observaba. Con los años, los silencios dejan de ser incómodos y se acaban por convertir en un mutuo acuerdo. Si no hay nada que decir, simplemente es mejor callar y disfrutar de una licencia que solo te otorgan años de amistad.

–¿Me quieres?– le pregunta Lucas con los brazos cruzados y la espalda apoyada en el respaldo, hundido en la silla.

Mai parpadea un par de veces antes de responder.

–¿Tu madre no te lo dice con frecuencia? – se burla ella con una sonrisa maliciosa, terminándose la galleta de un bocado.

–Responde a la pregunta.

–Pues claro que sí. Te quiero.– acierta a decir aún con la boca llena.

Lucas se incorpora en su asiento y se inclina, apoyando los codos sobre la mesa. Continúa el juego del que ha hecho partícipe a su amiga sin que ella se dé cuenta:

–¿Y por qué nunca me lo dices?

–¿Vas al baño todos los días?– replica Mai, imitando su postura.

–Sí, suelo. Soy como un reloj en ese aspecto.

–¿Y por qué nunca me lo dices?

-Muy bien, de ahora en adelante te lo notificaré. No pensé que te fuera a interesar.

–Tú vas al baño todos los días, como un reloj según dices, y yo te quiero todos los días, unos más que otros. Hay información de la que se puede prescindir, la das por supuesto. No hace falta repetirlo todos los días.

–¿Siempre das los sentimientos por supuesto?

–Lucas, ¿has hecho una maratón de películas de Jennifer Aniston antes de venir aquí?

–No me puedo creer que compares que una persona demuestre sus sentimientos con el hecho de ir al baño.

–Tú tampoco me dices “te quiero”. ¿A qué viene esta tontería?

–Me encanta cómo se te encienden las mejillas cuando te alteras. Te quiero, Mai.

De nuevo el silencio, con sonrisa esta vez.

–Eres idiota. La cuenta, camarero, por favor.

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