«Después de presenciar cómo las llaves del coche se han colado por el hueco del ascensor, le envío un correo electrónico a mi querida Amaya pidiéndole que, por favor, interceda por mí en esa reunión tan importante que llevaba meses preparando y a la que no voy a poder asistir. Tratando de no perder la calma, decido sentarme en la escalera, con los codos sobre las rodillas y la cara entre mis manos, a esperar al técnico y pensar en lo caprichoso que es el destino». La historia continúa en Amanece Metrópolis.

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